En una exhortación profunda y oportuna, Dilexi te, León XIV lleva a término la visión de su predecesor, el papa Francisco, quien se había dedicado a esclarecer el deber de la Iglesia hacia los miembros más pobres y marginados de la sociedad. Este documento fundamental subraya el llamamiento a cuidar de los migrantes y de los refugiados, que se han convertido en símbolo tanto de la condición de quienes se ven privados de todo como del deber de los cristianos de responder con amor y caridad.
Es el legado del papa Bergoglio, que pasó los últimos meses de su vida preparando una exhortación apostólica que articulaba la responsabilidad de la Iglesia hacia los pobres y marginados, con particular atención a los migrantes y refugiados, individuos a menudo relegados a los márgenes de la sociedad, del mismo modo que los leprosos en tiempos bíblicos.
Como indica León XIV en la introducción, esta preocupación es fundamental para comprender la misión de la Iglesia: una misión que implica tanto compasión como acción hacia los más necesitados.
El Pontífice expone un mensaje central que resuena en toda la enseñanza cristiana: el vínculo intrínseco entre el amor de Cristo y su llamado a cuidar de los pobres. Observa que el deseo del papa Francisco era que los cristianos de todo el mundo comprendieran este vínculo. La exhortación prosigue subrayando que las obras de caridad no son simplemente opcionales, sino que constituyen «el corazón palpitante de la misión de la Iglesia».
Al subrayar la Encarnación, en la cual Cristo abrazó la pobreza, el Papa invita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a reconocer la riqueza del amor divino disponible para todos aquellos que sirven a los menos privilegiados.
En una comprensión más amplia de la pobreza, León XIV amplía el concepto más allá de la mera privación financiera. Sus reflexiones revelan que existen diversas formas de pobreza. Comienza con la pobreza material: quienes carecen de los medios básicos de subsistencia. Pasa luego a la marginación social: aquellos a quienes, debido a diversos factores, se les niega el reconocimiento de su dignidad y capacidades. Continúa con la pobreza moral y espiritual: una brecha cada vez mayor en la comprensión ética o en la realización espiritual. Después, la pobreza cultural: la privación de los derechos y expresiones culturales. Y, por último, la privación de derechos: personas a quienes se les niegan derechos humanos fundamentales, su autonomía y su libertad.
Esta visión amplia desafía a los cristianos a adoptar un enfoque compasivo y holístico al afrontar las necesidades de todos los pobres, en particular en una época en que las desigualdades económicas continúan agravándose.
En nuestro amor por Dios y por los pobres, el Papa insiste en una doble llamada a la acción: el amor a Dios debe manifestarse en el amor a los pobres. Subraya que estos dos aspectos del amor son distintos pero inseparables, poniendo de relieve el principio teológico según el cual la verdadera fe debe traducirse en acción social.
La exhortación reafirma la necesidad tanto de la integridad doctrinal como de la misericordia, animando a los cristianos y a todos los creyentes a comprometerse profundamente tanto en la oración como en las obras de servicio como elementos integrales de su fe. De este modo, evoca la sabiduría de la tradición monástica, subrayando que «oración y caridad, silencio y servicio, celdas y hospitales forman un único tejido espiritual». Este conmovedor recordatorio sitúa la misión caritativa de la Iglesia en el corazón mismo de la espiritualidad cristiana.
La actitud de servicio de la Iglesia es uno de los paradojos más sorprendentes presentados por León XIV, quien afirma: «Cuando la Iglesia se inclina para cuidar de los pobres, adopta su posición más alta». Esta idea recoge todo el espectro de la misión de la Iglesia, desde las tradiciones proféticas del Antiguo Testamento hasta nuestros días, vinculando el acto de humildad en el servicio con el llamado divino a elevar a los oprimidos, a aquellos que han sido marginados.
Es precisamente en el cuidado de migrantes y refugiados que, tras profundizar en los principios fundamentales de la caridad, la exhortación apostólica invita específicamente a un renovado compromiso hacia ellos, quienes a menudo se encuentran en primera línea del abandono social. El panorama global contemporáneo se caracteriza por vastos movimientos de personas que huyen de guerras, persecuciones y desigualdades socioeconómicas. Estas personas necesitan no solo apoyo material, sino también la solidaridad sincera de la Iglesia, llamada a responder a su difícil situación.
El llamamiento a la acción es claro: los cristianos tienen la obligación moral de tender la mano a estas poblaciones vulnerables, encarnando los enseñamientos de Cristo mediante sus acciones. Así, no solo responden a sus necesidades materiales, sino que reafirman también la dignidad y el valor de cada persona.
Esta exhortación a todos los hombres y mujeres de buena voluntad sirve como un recordatorio importante de la misión perdurable de la Iglesia: promover un entorno inclusivo en el que el amor de Cristo ilumine el camino hacia la justicia y el servicio para todos. Mientras la Iglesia continúa afrontando la realidad de la pobreza, en particular entre migrantes y refugiados, Dilexi te ofrece tanto guía como inspiración.
León XIV ha recogido de manera eficaz el testigo dejado por el papa Francisco, exhortando a los creyentes a profundizar su comprensión del vínculo entre fe y acción, cultivando así un mundo en el que prevalezcan el amor, la compasión y la justicia.
En el complejo panorama de la sociedad contemporánea, escuchemos la llamada de la exhortación apostólica, abrazando tanto nuestros deberes espirituales como las necesidades de los más vulnerables, afirmando con nuestras acciones que nuestro amor a Dios está intrínsecamente ligado a nuestro amor al prójimo, especialmente a los más pequeños entre nosotros.
Fray Luke Gregory – Custodia franciscana de Tierra Santa



