Del 1 al 15 de marzo, un grupo de 20 jóvenes de 14 nacionalidades de las cinco riberas en torno al Mediterráneo navegaron por sus aguas para compartir desde la diversidad cultural y religiosa; porque no querían resignarse a que este “Mare Nostrum” se convierta, o sea, sólo campo de batalla o cementerio; porque están convencidos de que el Mediterráneo también es heredero de una memoria feliz. Que su historia, forjada en la convivencia y el intercambio, rica en tradiciones filosóficas y espirituales, encierra las claves para la reconciliación entre los pueblos, las culturas y las religiones… y porque tomaron conciencia de que, en todo el Mediterráneo, hombres y mujeres de buena voluntad ya llevan adelante innumerables iniciativas en favor de la dignidad de cada persona y de la unidad de la familia humana.
En el programa de esta primera etapa del Belespoir estaban previstos cinco días de navegación para llegar a Ceuta el día 11, pero el capitán del velero nos dijo que teníamos que llegar, por la situación meteorológica muy borrascosa del mar, sí o sí el día ocho de marzo; lo que significó navegar día y noche para llegar el 8 y atracar en el puerto de Ceuta a las nueve de la mañana… justo medía hora antes de que las furias de los vientos y la lluvia comenzaran.


Todos los días que estuvimos atracados en Ceuta tuvimos ese tiempo tormentoso de fuertes vientos y lluvias; pero fue positivo el llegar con antelación para realizar los “Teamtime” (trabajo de grupos) con más tranquilidad que si hubiéramos estado navegando.
El grupo de jóvenes, en todo momento, aceptó el reto del encuentro cara a cara y la construcción de “fraternidad en la diversidad” para protegerse del doble peligro mortal de la indiferencia y el radicalismo. Comprobando como, en este encuentro y convivencia en un pequeño barco velero, es posible generar fraternidad y compartir historias y culturas que nos hagan superar prejuicios y temores, y ponernos a reconstruir lazos de relación desde la promoción de diálogo y la búsqueda de la paz desde la no violencia; sabiendo que pertenecemos a una única familia humana y que esta conciencia nos permite trascender las diferencias que conlleva la gran diversidad que somos.

A partir del día 11 y 12 seguimos con el programa previsto para Ceuta: visita a la Mezquita, Templo Hindú, Sinagoga y Santuario nuestra Señora de Africa, IFTA (ruptura del ayuno de Ramadán) con la comunidad musulmana cada atardecer y trabajo con grupos de esas cuatro comunidades en la Biblioteca de la ciudad. El 13 pasamos la frontera para llegar a Tetuán (Marruecos) y allí tener una visita guiada por la ciudad a través de sus diferentes barrios, ser acogidos por la Fraternidad franciscana y compartir con diversos grupos marroquíes, musulmanes y migrantes subsaharianos en el Centro cultural Lertxundi, comenzando con una conferencia de profesor universitario musulmán sobre el Diálogo, seguido del trabajo en grupos, la oración cristiana y sufí a través del canto y el IFTA compartido en el jardín de la Fraternidad franciscana para regresar a dormir al barco en Ceuta.
De Ceuta recalamos en Málaga como final de ruta; donde aprovechamos el sol y el parque al lado del puerto para poner en común todo lo trabajado en pequeños grupos durante la travesía y lo que fue la experiencia para cada uno de los veinte jóvenes; todo esto lo recogimos con el objetivo de ir generando “un libro blanco” que, al final de las ocho rutas de “esta odisea”, aunará la experiencia de los ocho grupos e itinerarios de jóvenes participantes como resultado del proyecto Med25belespoir y, al mismo tiempo, que cada uno de los jóvenes sean “semillas” de encuentro, diálogo y compromiso por la Paz en sus países, cultura y religión de origen.
Aquí comparto algún breve testimonio del grupo:
Sylvia, Egipto: “Cuando tenemos un entorno propicio -como el velero Belespoir- se nos proporciona un espacio seguro para hablar y compartir nuestras creencias, sabiendo que esto no se construye de la noche a la mañana; que lleva su tiempo y hay que dejar de lado el pensamiento en blanco y negro”.
Ruzica, Bosnia: «Viajé por el Mediterráneo sin visitar físicamente muchos lugares. En su lugar, encontré múltiples culturas en un solo espacio: el barco. Esto fue increíblemente enriquecedor. Una lección clave fue la escucha activa. Primero escuchábamos; luego reflexionábamos. Para entender algo, debemos tener la voluntad de aprender. El conocimiento es fundamental para el diálogo cultural y poder conocer tanto las diferencias como las similitudes que tenemos».
Hélène, Francia: «Al principio, sentí que filtrábamos nuestras palabras, tratando de decir lo “correcto”. Pero con el tiempo, esos filtros desaparecieron y realmente nos escuchamos con respeto y aceptación. Comprendí que el Mediterráneo es un cruce de historia, religión y tradición y que compartimos un espíritu común. Que, en el fondo, todos somos iguales y por eso nos hicimos amigos. Para mí, el diálogo cultural no se trata de borrar diferencias sino de reconocerlas y respetarlas; dejar de lado los clichés que tenemos. El Mediterráneo no es una barrera, es un terreno común».
Erblina, Kosovo: «Me he dado cuenta que entre todas las diferencias en el Mediterráneo, la más significativa es la mentalidad: el nivel de conciencia sobre la diversidad, la inclusión, la aceptación y la comprensión. Que el objetivo más realista y desafiante es construir una cultura de escucha activa, respeto y apertura. Que el diálogo no es solo hablar; que requiere escuchar, comprender y responder con reflexión. Aceptar que no siempre somos capaces de comunicarnos eficazmente es el primer paso hacia el crecimiento. Si reconocemos nuestras limitaciones para escuchar y comprender, entonces hay esperanza para un diálogo real”.
Alessia, Italia: «Cuando llegué, no tenía una idea clara de lo que realmente significaba el diálogo intercultural. Pensaba que se trataba simplemente de hablar y escuchar. Para mí, el diálogo intercultural es como una casa hecha de ladrillos esenciales, que son: escucha, encuentro, apertura, relaciones, crecimiento personal, diferencias y similitudes, descubrimiento, aceptación, esfuerzo, belleza y asombro”.
Sarah, Rumanía: «La base del diálogo cultural es la experiencia. El barco era el escenario perfecto para esto porque, en el mar, no hay dónde esconderse: estamos obligados a ser vulnerables mientras reconocemos que, en el fondo, todos somos humanos; que todos compartimos las mismas emociones fundamentales: esperanza, miedo, amor y la necesidad de ser amados, lo que realmente importa y nos une».
Job, Cataluña: «Este viaje reafirmó mi creencia de que, más allá de la religión, la verdadera conexión ocurre a través del compartir y el amor. Creo en la ‘revolución del amor’: solo a través del amor podemos generar un cambio real. Cada uno de nosotros aportó algo único, ayudándonos mutuamente a crecer y evolucionar en mejores versiones de nosotros mismos”.

Daniel, Palestina: «Sentí una conexión profunda con todos aquí. Gracias por escuchar nuestra historia de Palestina. En el barco, compartí todo sin miedo, pero en mi país tendría miedo. Aquí, sentí paz. Gracias por todo».
Luis, Albania: «El mundo necesita más iniciativas como esta, especialmente para los jóvenes, oportunidades para conocernos realmente, para entender la paz, los derechos humanos y la igualdad. El verdadero éxito es mejorar la sociedad, no solo a nosotros mismos».Frank, Túnez: «El diálogo es para las personas que tienen la voluntad de crecer, que buscan enriquecerse a través del intercambio; para ello hay que cultivar el conocimiento: sabiendo que podemos cultivar nuestras mentes, nuestro sentido de paz, nuestra capacidad de amar y muchos otros valores, pero que requiere disciplina, paciencia, aprendizaje y escucha activa».



